20 · 08 · 26
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IA
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Rocío González Martínez

EL RIESGO NO ES LA IA. ES DEJAR DE PENSAR.

Últimamente hay algo que me inquieta, y no tiene tanto que ver con lo que la inteligencia artificial es capaz de hacer, sino con lo que nosotros estamos empezando a dejar de hacer sin darnos cuenta. Cada vez es más habitual que, ante cualquier duda, cualquier idea o incluso cualquier decisión, acudamos directamente a un modelo. Le pedimos que nos redacte un texto, que nos estructure una presentación, que nos proponga soluciones o que nos diga por dónde empezar. Y lo cierto es que funciona, y funciona muy bien. Quizá demasiado bien.

Trabajo con IA todos los días y veo claramente el valor que aporta. Nos permite avanzar más rápido, explorar más alternativas y automatizar procesos que hace no tanto eran impensables. Pero, al mismo tiempo, empiezo a percibir otra consecuencia, mucho más silenciosa y más difícil de detectar: estamos empezando a delegar el proceso de pensar.

Pensar nunca ha sido fácil. Requiere tiempo, esfuerzo, incomodidad. Implica enfrentarse a una página en blanco, ordenar ideas, equivocarse, replantear, dudar. Y en ese contexto, la inteligencia artificial aparece como una solución tremendamente atractiva, porque nos permite saltarnos todo ese proceso. Nos da una respuesta inmediata, bien estructurada, coherente y lista para usar. Y sin darnos cuenta, empezamos a acostumbrarnos.

Y aquí es donde creo que aparece un riesgo más profundo, que tiene menos que ver con la tecnología y más con cómo funciona nuestro propio cerebro. El ser humano tiende, de forma natural, a optimizar el esfuerzo. Si existe un camino más rápido, más fácil y con una recompensa inmediata, lo elegimos. Siempre lo hemos hecho. La diferencia es que ahora esa recompensa no es solo rápida, sino que además es aparentemente brillante.

Cuando te acostumbras a recibir respuestas bien estructuradas en segundos, a tener ideas “correctas” sin haber pasado por el proceso de construirlas, algo cambia. Poco a poco dejas de ejercitar esa parte del pensamiento que necesita tiempo, fricción y profundidad. Y como cualquier otra capacidad, si no se entrena, se atrofia.

Esto me preocupa especialmente cuando pienso en perfiles más jóvenes, que están empezando ahora su carrera profesional. Personas con talento, con curiosidad, pero todavía sin el recorrido suficiente como para distinguir entre una respuesta que suena bien y una que realmente tiene sentido en un contexto concreto. Si a eso le sumas entornos donde no hay figuras senior cerca, donde no hay alguien que cuestione, que incomode, que aporte perspectiva, el riesgo es aún mayor.

Porque entonces la IA no solo se convierte en una herramienta, sino en una referencia.
Y cuando eso ocurre, se pierde algo muy valioso: el contraste.
El contraste que te da la experiencia.
El contraste que te da haber visto lo que funciona y lo que no.
El contraste que te obliga a justificar por qué haces algo de una determinada manera.

Sin ese contraste, es fácil empezar a construir sobre respuestas aparentemente sólidas, pero sin profundidad real. Y eso, a largo plazo, no solo afecta a la calidad del trabajo, sino a la forma en la que se desarrolla el pensamiento profesional.
Por eso creo que, más allá de aprender a usar inteligencia artificial, el reto es otro. Es mantener viva la capacidad de cuestionar, de dudar, de no aceptar la primera respuesta como válida solo porque está bien formulada. Es seguir haciendo el esfuerzo de pensar, incluso cuando tenemos una solución inmediata delante.

Porque la IA puede acelerar el proceso, pero no puede sustituir lo que ocurre dentro de nuestra cabeza cuando realmente entendemos algo.
Y quizá por eso, cada vez tengo más claro que el camino no pasa por elegir entre humanos o inteligencia artificial, sino por combinar bien ambos. En crear entornos donde convivan perfiles junior, con su energía y su frescura, perfiles senior, con su criterio y experiencia, y donde la IA actúe como un apoyo constante que multiplica la capacidad de todos.

Cuando esa combinación funciona, ocurre algo muy potente. Los junior aprenden más rápido, pero no pierden el proceso de pensamiento. Los senior amplifican su impacto sin perder el control ni el criterio. Y la IA deja de ser un atajo para convertirse en un verdadero acelerador.
Para mí, esa mezcla —personas con distintas capas de experiencia, trabajando juntas y apoyándose en inteligencia artificial— es probablemente una de las combinaciones más sólidas que podemos construir ahora mismo.

Porque no se trata de pensar menos.
Se trata de pensar mejor, con más herramientas… y, sobre todo, con más perspectiva.